| "El camino de la edad". Acuarela de Antonio Palacios. |
Hacia 1338 un anciano campesino de una isla de Japón apura un cuenco de sopa. Cultiva el arroz y las plantas forrajeras de las bestias, sabe pescar con una lanza e imitar el canto de las aves, a veces va a cortar leña discutiendo en voz alta con los dioses. Nunca ha tocado una mujer. Las aterra. Los hombres dicen que está loco, que todas las noches le ven mirar fijamente el fondo del pozo, sonriendo, hasta que amanece. Eso dicen.
Pero al menos puede verla.
Hacia 1998, una modista jubilada de algún
rincón de Andalucía, apura una taza de café. Le gusta la paella y el rejoneo,
tiene una pecera encima del televisor, a veces le echa pan a las palomas de la
plaza antes de ir a misa. No conoce varón. La tratan de loca, como a todas las
mujeres que no quisieron casarse, al menos, por guardar la apariencia. Siempre
que apura la taza de café, se queda mirando fijamente los posos. Hasta que el
sol se apaga. Sonríe.
Al menos, él siempre está ahí.
Begoña M. Rueda

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