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miércoles, 29 de noviembre de 2017

Relatos de La tribu del abecedario de Juan Cruz López. Editorial Piedra Papel Libros

M

2

Amarilla es la fiebre de la juventud química y el camino de los afligidos que buscan deseos cumplidos y otorgados por el mago inútil. Amarillo es el tiempo de las postales y el papel de las cartas de los amantes necios. Amarillo hasta que la piel sane y me vuelva un hombre. Amarillo enfermedad de los tuberculosos.

6

El azul es una esposa y un par de niños que nos se parecieran a mí, un coche, un trabajo plácido y un dolor de tripa de vez en cuando. El azul es un tiempo a salvo, un rincón de mansedumbre a la sombra de los cipreses. El azul es una muerte anticipada. Ese lugar para odiarte despacio, para lamerte lento, para vivir dormido, anestesiado, amniótico de tanta ausencia.

9

Gris será el tiempo que no es azul, ese que pasa entre los dedos y ni nos corta ni nos deja indemnes. Es el gris el color del reloj que me marca las horas en esta cárcel cuyas horas me articulan como a un muñeco estúpido. Mi memoria es también gris y los poemas que escribí antes de que todo se viniera abajo. Gris es la vida que no se pudo ganar a tiempo y el espacio que media entre el destino y el coraje que tuvimos a la hora de enfrentarnos a él.

De La tribu del abecedario de Juan Cruz López. Editorial Piedra Papel Libros.

lunes, 14 de marzo de 2016

La carretera. Un microrrelato de Antonio Palacios

El final de algo que nunca he alcanzado a ser capaz de nombrar, fue una carretera secundaria ahora vedada a mis pasos, porque ya no me conducen a tu casa. Aquella misma carretera que se perdía por el horizonte, desde mi ventana, atravesando olivares, una autovía o un viejo puente de piedra. Aunque tal vez sólo se trate de una ilusión vaga producida por el feroz paso del tiempo, mientras nos engulle a todos y el final de todo fuese el día que me regalaste aquel libro, sí, el de la dedicatoria. Cuando yo no lo sabía pero constituía toda una despedida. El final también pudo ser aquel día que me dijiste que empezabas a salir con otro, o mi boca cosida con el hilo de tus ojos siempre tan atentos, o un puñado de preguntas que nunca te hice u otras que siempre esperé que tú me hicieras.
De ti es fácil decir que aún guardo un sencillo recuerdo límpido, a pesar de los años, de las experiencias. Momentos sobrevenidos de una felicidad pasada que nunca volverá. De mi yo de por aquel entonces, sólo diré que era mucho más impetuoso, menos sabio, más joven, arriesgado, idealista y estúpido.
En ocasiones, vienen a mi mente recuerdos que me perturban asediándome desde el vacío del frío olvido, con todo aquel candor de aquella época en la que ser feliz era tan sencillo y liso o perfecto como la línea de un círculo.
A veces, creo haberte olvidado cuando en mitad del frenesí que es vivir, tengo que dejar abandonadas en la cuneta tantas cosas para sencillamente poder seguir adelante. Deshacerme de cosas antiguas o pasadas para poder acoger las nuevas. Ser siempre un hombre nuevo que sólo intenta llegar a ser lo que soy.
Dudo que ni tan siquiera seas capaz de imaginar lo feliz que me hacías. Aún guardo olores, palabras, ese tipo de cosas pequeñas e inolvidables que te sobrevienen en los momentos más imprevistos.
Éramos apenas unos críos, lo sé. Pero me hubiera dado igual lo que fuera a ser si estabas conmigo. Te habría seguido donde hubieras ido. Me hacías sentir tanto amor que todavía me estremezco. Creo que me equivoqué contigo en muchas cosas, con ello me va a tocar vivir.
Hubo un tiempo en el cual siempre leí en tu mirada una queja hacía mi. Entonces no entendía el por qué, ahora me parece que sí lo entiendo.
Hace unos días pasaste a mi lado, ni me miraste.
That´s life.
"(...) El pajaro no vuela tiene las alas rotas,
la vida es una cárcel con las puestas abiertas (...)".

Andrés Calamaro

Antonio Palacios

lunes, 7 de marzo de 2016

Tres. Un relato de Antonio Palacios

Este relato fue originalmente escrito para el libro colectivo editado por la asociación Círculo Ánimas: "Versos que caminan, palabras que sueñan".

Tres

I

La tarde era gris, el otoño se precipitaba lentamente hacia el invierno, su mente era un torbellino caótico de sentimientos y sensaciones, por la ventana contemplaba que las nubes bajas ocultaban las colinas y montañas próximas a la ciudad, hacía frio y en su interior se abría paso cierto vacío fruto de una cruel desesperanza o sólo de una soledad descorazonadora quizás real o sólo sentida.
Nicolás sólo llevaba dos semanas en la ciudad desde el regreso de sus viajes, pero como de costumbre nada había sido parecido a lo que él había imaginado, echaba de menos el mar, su quietud, la tranquilidad con la que había dejado por aquel tiempo fuera sus problemas a un lado, ahora no le quedaba otra que afrontarlos.
La última semana había recorrido Jaén hasta terminar en su polígono industrial repartiendo copias de su curriculum vitae, a su paso no había encontrado nada más que negocios cerrados y locales con el cartel de se traspasa, en venta o en alquiler, la ciudad parecía haberse venido abajo se decía, nunca encontraré nada todo esfuerzo es inútil, en todos los lugares dejaban su curriculum con una sonrisa forzada, junto a montones de otros currículum de personas en su misma situación.
Aquella tarde en casa solo meditando qué podía o le cabía hacer mientras tomaba café prendiendo un cigarrillo tras otro, presa de una apatía sin remedio pensó que qué podría encontrar en una ciudad en la que sus polígonos industriales eran un eufemismo, ya que sólo eran naves comerciales de almacenamiento o distribución en su gran mayoría, ahora que el pequeño comercio o mediano se iba al traste y que tanta gente acudía como modo de supervivencia a la recolección de la aceituna, tal vez podría encontrar algo en alguna oficina por tener título universitario, aunque fuera por seiscientos euros con un horario de más de la jornada completa o volver a trabajar en la hostelería si se diera la oportunidad, seis días a la semana por diez o más horas de trabajo diario, no sé se decía, ni siquiera eso.
La semana anterior no había sido mejor sino incluso peor, la carta de Alicia lo había destrozado, nunca pensó que en su regreso una carta suya estaría esperándolo. Durante sus viajes pensó tener superada su partida pero con aquella carta se percató que sólo el tiempo podría cicatrizar sus heridas despues de tanto tiempo juntos.
Durante aquella semana apenas deambuló por Jaén sin poder evitar recordar algunos de sus mejores momentos pasados junto a ella, por cada rincón de la ciudad con el que tropezaba emergía su imagen o al menos la que él aún conservaba de ella, mientras pensaba que nunca debía haber regresado debiéndo haberse quedado con Elena y su mar y haber comenzado lejos una nueva vida, tampoco se perdonaba haber dejado atrás de aquella manera a Elena.
A Nicolás nunca antes le había resultado tan familiar y extraña a la vez su ciudad como tras su regreso.

II

Esteban era sociólogo aunque muy a su pesar trabajara en un supermercado del Polígono del Valle, barrio en el cual había crecido y que sólo abandonó cuando pudo independizarse.
Cuando estudiaba Bachillerato en el instituto del barrio conoció a gran parte de sus amigos y amigas, algunos del propio barrio, a los cuales nunca antes había visto a pesar de vivir unos cerca de otros, como a Nicolás, también tuvo ocasión de conocer a personas de distinto origen social al suyo y de otras zonas de la ciudad que iban al mismo centro público, lo cual resultó ser vital en su formación no sólo académica sino también personal, por el simple hecho de relacionarse con otros individuos de su misma edad provenientes en múltiples ocasiones de otros ambientes socioeconómicos que ampliaban así su conocimiento del mundo.
Siempre estuvo muy agradecido al profesorado del centro, en el cual los alumnos recibian pese a ciertas aglomeraciones en las aulas, un trato humano y cercano, que no sólo les brindaba una formación académica sino también humana debido al enorme esfuerzo docente frente a las carencias materiales. Esteban recordaba con especial cariño siempre aquella etapa tan gratificante de su vida.
Antes de conseguir el trabajo en el supermercado había realizado duras labores en empleos de condiciones miserables cobrando a veces seiscientos euros por doscientas o más horas de trabajo al mes mientras intentaba sacar adelante sus estudios. Su vida se había desarrollado al igual que la de Nicolás en un entorno difícil en el que salir adelante resultaba complicado.
En aquellos difíciles momentos de Nicolás, como siempre Esteban estuvo ahí para él, en ocasiones tras el regreso de Nicolás de sus viajes ambos cenaban y tomaban algo en casa de Esteban mientras charlaban saltando de un tema a otro, recordando en ocasiones viejas anécdotas de juventud, como cuando recorrían la ciudad por sus distintos locales de noche o madrugada, desde el Gran Eje hasta el barrio de San Ildefonso o en ocasiones en lugares abandonados o casi desiertos próximos a la extensión del bulevar, tomando cerveza o licores y fumando algo, por entonces en su juventud habían sido impetuosos y voraces, la vida les había parecido un sprint y no una carrera de larga distancia, sedientos o hambrientos de vida o siempre de nuevas sensaciones.
Aquella noche con el poso de tranquilidad que los años dan, dialogaban de las posibilidades de encontrar trabajo de Nicolás, pasando de un tema a otro con rápida facilidad, primero dialogando sobre el estado de la ciudad y de ahí a su visión personal de la ciudad.
Nicolás nunca había reflexionado mucho acerca de su ciudad, sus ideas siempre tendían a ampliar su mirada de lo local a lo global, aunque lógicamente Jaén le suscitara pensamientos o sensaciones, pero nunca había sentido la necesidad de sumergirse en la cultura local, se le hacía muy complicado pensar en esos términos, para él no dejaba de estar cargado de cierta infamia pensar lo jiennense desde el localismo. Su ciudad siempre fueron las calles y las personas de su propia vida, el almacén de sus recuerdos y experiencias, su propia vida y entonces como no quererla le decía a Esteban, que lo comprendía y asentía.
-Algo que no comparto -continuaba Nicolás mientras Esteban traía otro par de cervezas y sacaba un par de cigarrillos-, es esa crítica burda y falaz que se suele realizar a Jaén como ciudad por parte de propios jiennenses, esa tan escuchada que dice que en Jaén no hay nada, que es un desierto, que nunca hay nada que hacer ni ver en ella, me parece una estupidez por tres razones, la primera porque si no hubiera nada, en parte sería consecuencia de quienes lo dicen, porque no hacen nada al respecto, la segunda porque es falsa, ya que existen multitud de organizaciones y grupos de personas que intentan hacer multitud de cosas y por último la más obvia ¿Qué esperan de Jaén? Es algo que nunca por más que lo escucho me sorprende menos, si casi es un pueblo grande, caminando puedes recorrerlo a pie ¿Qué quieren ver? ¿Un espectáculo personalizado? Me parece absurdo y ridículo.
-El problema es político Nicolás -contestaba Esteban- es público, si te das cuenta lo que sucede es que aquí no existen perspectivas de nada, las cosas que se realizan sólo son parches que sirven para que los políticos de turno se hagan unas cuantas fotos, pareciendo que hacen algo al respecto. Ese es el problema, no sacamos ni invertimos en el potencial de las pocas cosas que tenemos ni tampoco creamos otras. Todos sabemos el poco provecho que se le saca a nuestra agricultura, que podría tener una enorme potencialidad en distintos aspectos y en relación al patrimonio, fotos, sólo fotos, aparte de que me parece que es imposible apostar sólo por él, la ciudad nunca podría vivir sólo del turismo, se necesitan otras cosas, pues existen multitud de otros lugares semejantes o más atractivos tanto a nivel nacional como internacional. Los ayuntamientos más allá de los recursos existentes, deberían de ser lugares de constante comunicación e interacción con los actores sociales ciudadanos, realizando labores de sinergias sociales, desarrollando junto a ellos proyectos que dotasen a la ciudad de herramientas que permitiesen mejorar la calidad de vida y el bienestar de sus ciudadanos de una forma participativa, para eso son las instituciones públicas más cercanas. Si lo dejamos todo en manos privadas está más que demostrado que andaremos siempre la misma senda. -Qué fáciles nos parecen algunas cosas -dijo Nicolás- y que difíciles se nos hacen nuestras propias vidas.

III

Ariadna aquella noche fue la encargada de cerrar la cafetería, la noche a pesar del final del otoño era apacible, deshechó la opción de marcharse en autobús a casa para poder caminar paseando un rato bajo aquel cielo sin nubes que dejaba contemplar el brillo de algunas estrellas apuntando en todas las direcciones, pensó que el camino le haría bien.
Así se sentía ella como aquella estrella perseverante que iluminaba el cielo con su esplendor en mitad de la ciudad sin nunca dejar que nada la detuviese, dirigiéndose a casa con la mente puesta en tantas cosas o ninguna.
Por entonces vivía un tiempo bueno, sentía como la madurez se abría paso poco a poco en su interior, abandonando la voracidad y las dudas de la juventud. Aquello la hacía sentir bien, mudar la piel, dejar de ser quién fue junto a la posibilidad de ser otra cosa.
Ya no le quedaba mucho tiempo para terminar su licenciatura en filología hispánica, el trabajo en la cafetería ya no se le hacía interminable ni tan agotador debido a la fuerza de la costumbre. Mientras atravesaba la Avenida de Madrid se deleitaba en las hojas caídas de los árboles sintiendo su crujir a cada paso, observando el juego de las luces entre las ramas desnudas o al chocar desparramadas por el suelo formando sombras casi sin forma.
El ambiente le parecía especial, casi caminaba sola por las calles que se encontraban desiertas, tal vez ese era el placer, sencillamente caminar sumida en sus pensamientos con aquella sensación de paz en su interior, aunque echó de menos a Héctor, desde hacía un tiempo pensaba que se había equivocado de forma rotunda con él, también cuando eligió a uno de sus compañeros de estudios como compañero sentimental en lugar de a Héctor, de su compañero no echaba nada de menos desde que rompieron, pero de Héctor lo echaba casi todo en falta, al fin y al cabo era él el que solía esperarla a la salida del trabajo, quién estaba siempre al otro lado del teléfono o cuando las cosas se torcían. Ahora ya no cabían rectificaciones, lamentos o disculpas pensaba, lo había tratado fatal, él en cambio siempre le daba lo mejor de si mismo, en lo duro y lo bueno.
Ariadna por aquel tiempo lo echaría mucho en falta ya que sin saber muy bien por qué había crecido en ella un sentimiento o necesidad de dar y recibir cariño o amor, que nunca antes había sentido, de alguna manera tenía la necesidad de compartir su vida con alguien, la edad se decía, que hace que la soledad arrecie. Y aquel sentimiento era hermoso, frágil, pero también a veces en soledad la hería desde su carencia.
Pero no tenía ganas de pensar demasiado en ello ni tampoco de sentirse culpable, eso ya ni tan siquiera importaba, sólo le apetecía caminar, llegar a casa, cenar algo, disfrutar en aquellos momentos de su estado de dicha con las pequeñas cosas de la cotidianidad.

IV

El invierno llegó, algunos días de lluvia prosiguieron unos a otros, cada uno de ellos respiraba el peso de su parte de soledad, que la vida no bromea es algo que tal vez cuesta aprender, aunque cada cual lo aprenda poco a poco con la experiencia.
Alicia a más de trescientos kilómetros de su ciudad, Jaén, jamás antes se había sentido tan sola, sólo la empujaba hacia adelante su instinto de supervivencia y que le deparaba una nueva vida por hacer, por descubrir y que sin mucha demora debía comenzar a construirla desde ya, con nostalgia pero llena de ilusión, lo cual hacía llevaderos sus días.
Nicolás pasaba los días sin encontrar empleo, lleno de heridas invisibles pero profundas, algunas de ellas, las que le había dejado la marcha de Alicia, otras las que él mismo se había causado tras abandonar como lo hizo a Elena. Por aquel entonces pensaba que jamás volvería a sentir amor como lo había hecho por ellas dos y a veces en lo recóndito de su casa, a solas, no podía evitar el llanto involuntario cargado de impotencia ni su imagen derrotada, aquello lo hacía sentir perdido. El abandono de Alicia para Nicolás era un naufragio, el de Nicolás a Elena, en parte era una canallada y una tragedia para ella que jamás entendería nada, siempre sería presa de los mismos interrogantes. A veces, al salir del trabajo, Elena pasearía por el paseo marítimo de su pequeño pueblo, donde en tantas ocasiones había quedado al encuentro de Nicolás sintiendo el mismo terrible vacío, la misma angustia de no saber nada de él, ella que sólo quería pasar con él el resto de la vida y ya no lo volvería a ver. A veces se preguntaba ¿Y ahora qué? ¿Debo hacer una hoguera con todos nuestros recuerdos?
Esteban continuaba con su trabajo sin nunca dejar de lado su excepcional capacidad crítica ni creativa con respecto a lo social, le encantaba dialogar sobre las posibilidades de un mundo mejor, aunque apenas encontrara a nadie con aquellas inquietudes salvo a Nicolás, que por entonces no andaba para casi nada, por más que a veces de tanto soñar Esteban sólo se diera de bruces una y otra vez con la realidad, al saber que tales posibilidades o sueños o son colectivos transformándose en acciones o sólo perecen y te pudren por dentro. Por otra parte su vida personal la consideraba todo un fracaso.
Ariadna se encontraba en un momento de su vida dulce, deseaba compartir su vida con alguien, echaba mucho de menos a su amiga Alicia, pero ahora tenía más cerca a Nicolás, su gran amor secreto desde juventud y sólo eso ya la hacía sentir radiante, por más que no quisiera herir a Esteban que hacía tanto tiempo la rondaba. Pero la simple posibilidad de estar a solas con Nicolás le sacaba una sonrisa interior. A pesar de lo delicado de la situación sentía que la vida no sólo es un camino de espinas, que tal vez fuera entonces su momento, que el tiempo vuela y hay que aprovecharlo.


Antonio Palacios

lunes, 22 de diciembre de 2014

La lluvia. Un relato de Antonio Palacios

Fotografía Flores del Parnaso

La lluvia, cae la lluvia, esta tarde gris, desangelada de futuro y me recuerda a tus lágrimas. Aquellas lágrimas de impotencia y dolor.
Y yo allí, triste, desarmado, callado como un imbécil, escuchándote, porque no se me ocurría nada qué decirte. Dándote mis pañuelos y limpiándote las lágrimas. Con ganas de darte el abrazo que nunca te he dado.
Tú, que también desapareciste lentamente de mi vida, sin dejar rastro ni hacer mucho ruido.
Me hubiera gustado ser mucho más valiente contigo, que la vida hubiera continuado estando a tu lado. Como cuando quedábamos en la puerta del hotel, junto al parque. Recuerdo que por entonces llevabas un gorro de colores para el frío. Los fines de semana, las noches de Nochebuena o Noche vieja. O tantas otras cosas. Éramos apenas unos críos, pero te quería tanto.
Un día ordenando algunas cosas, encontré una de tus pinzas del pelo, una servilleta con dedicatoria firmada, sí, fue en una tetería del centro.
Hace unas noches soñé contigo. No sé por qué.
Se me hace raro, después de tanto tiempo, estar con otras mujeres y soñar contigo.
Supongo, que es pura añoranza. Que te extraño.
Lo cierto, es que nunca encontré el momento de nada. Salvo, una noche en un pub, atestado de gente, contra una columna, en la que pareciste, al menos por unos instantes, que podías ser para mí. Siempre andabas colgada de alguien, o recuperándote de alguna relación. Aunque también es cierto, que yo era muy disperso, con todos y todas, siempre de acá para allá, así era difícil canalizar mis energias.
Me hubiera gustado verte, por aquel entonces, más como la mujer, que eras. Y menos como a una de las personas más importantes de mi vida.
Porque las espinas clavadas del pasado, para alguien que no sabe olvidar, son para toda la vida.
Hubo unos años, tarde, demasiado tarde, que supe que hubiéramos sido una gran pareja. Las cosas casi siempre llegan en mal momento. Y fue muy duro para mí, porque todo ya era imposible.
No sé el por qué de tu ausencia o nuestra distancia. Pero eso nunca lo voy a saber. A veces las distancias, no tienen sentido alguno.
Pero se hace casi imposible poder competir con el recuerdo de tu imagen, porque junto a ella, tengo guardado tanta felicidad, que aún me estremece.
Supongo que todo queda atrás, sin más, o tal vez que sencillamente, continuamos adelante, a pesar de que duela. Sin saber muy bien como o por qué abandonamos lo que dejamos.
Ahora, que ya no me dejo la piel, ni los sueños por las esquinas, y que vivir parece menos arriesgado, fue maravilloso compartir tanto contigo.

Antonio Palacios

sábado, 15 de marzo de 2014

El diario de Germán

Comenzaré por presentarme. No quisiera ser maleducado. A veces, aunque parezca mentira, los buenos modales, te hacen llegar siempre un poco más lejos con los demás. Además, nunca hay que perder las formas, al menos, así me educaron a mi.

Me llamo Germán, tengo más de sesenta años. Trabajé desde niño. Mis orígenes son muy humildes. Pero ya les hablaré en otra ocasión de ellos. No quiero aburrir a nadie con mis batallitas.

El caso, es que hace un tiempo que no tengo trabajo. Supongo que no hace falta, que les cuente la razón, quien avive el seso, no le extrañará para nada mi situación. En estos tiempos que corren.

Nunca me casé, ni tuve hijos. Por lo que sólo trato de resistir al tiempo. Puedo llegar a ser muy terco.

De hecho, estaba esta tarde aquí tumbado en mi cama. Mirando el atardecer, o mejor dicho, viendo el atardecer como se puede ver desde la ciudad. Y me vino a la cabeza una idea, no sé muy bien por qué, ni para qué, comenzar a escribir un diario. A mi edad, mucho o nada pienso que podría contar. Pero sentí esa necesidad. No sé si seré capaz de llevarlo al día. Hace falta constancia y tenacidad, cosas que a mi años, al menos para mi, me resultan muy complicadas. Pero ya saben, puedo llegar a ser muy terco.

Perdonen mi forma de escribir. No soy una persona culta. Pero tampoco un analfabeto.

Por donde iba, ya sé, decía que estaba aquí oteando el atardecer sobre mi cama. Sereno, como casi siempre, pero mi mente viajaba de una idea a otra. Tratando de hallar respuesta a por qué empezar este diario.

No sé si por pensar o creer que tengo algo que contar. Si porque es una forma hermosa de pasar el rato. O tal vez sólo por soledad.

Por la peor de las soledades, la no buscada. Pues como bien imagino que saben, la soledad puede llegar a ser muy gustosa o plácida, cuando se la busca.

Sin embargo, esto de pasear por la ciudad, sin nunca reconocer o encontrarse a alguien, ya no es tan plácido. O por qué no, nunca recibir llamadas ni visitas, tampoco. Al igual que ni tan siquiera conectarse a eso que llaman red de redes pomposamente, sin hallar a nadie. Puedes encontrar todo lo quieras, pero seguro que a veces, no encuentras a nadie. Es como una línea rota, una comunicación fallida, ya que sólo es unidireccional. Un onanismo, vaya.

A veces, creo que parecemos cada vez más, empresas, en cierta manera vendiéndonos a nosotros mismos en la tal autopista de la información, que no de comunicación.

Pero en fin, supongo que bastante tienen todos con ir de casa al trabajo y viceversa, la familia, las parejas, los niños. Es una buena forma de compartir, en ocasiones, hasta la soledad compartida. Debe haber mucha gente feliz así. O no. Quien sabe.

La vida moderna !ay¡

Ya me he cansado y acabo de comenzar. Discúlpenme.

Continuaré.


Antonio Palacios



jueves, 16 de enero de 2014

Nueva vida para "Cuento y aparte". Juan Cruz López



La editorial Groenlandia ha decidido reeditar Cuento y aparte en formato digital. Os paso el enlace a uno de los espacios virtuales donde se puede leer o descargar gratis. La edición cuenta con fotos, un divertido prólogo y un epílogo de Eva María Moreno que os pego en el mensaje, y que resume en cierta forma esta colección de relatos (que ya publicó el INJUVE en 2009).

EPÍLOGO

Un hombre amnésico vomita notas de libros hasta quedarse vacío. Otro hombre se pierde en el color de un cuadro. El dolor engendra locura. A Elías le gusta caminar por los bordillos, verse solo, poner en juego su yo más profundo. La soledad engendra locura. En una secta sus miembros quieren liberar al mundo de toda utopía. La realidad engendra locura. 

 «La muerte es inocente», nos dice el autor, «la muerte no aprieta el gatillo, no clava una estaca, la muerte no sabe abrir la espita de gas y tampoco te aplasta la cabeza de un martillazo». En «Holocausto» su protagonista ve en la muerte su forma de salvación. 

La ficción se come a los personajes, masticándolos despacio, y después escupe restos de ojos, cejas, bocas, y algún zapato viejo. La línea que separa ficción y realidad se desdibuja; cuerpos que salen de los libros, tipos de letras que luchan para ser ellas las que cuenten la historia. Lo fantástico escurriéndose entre paredes cotidianas. 

La necesidad de reinventarse cada día, de ese exilio del que nos habla Juan Cruz; verse al otro lado del espejo. Un espejo opaco, con manchas negras en los bordes. Un espejo en el que cuesta tanto reconocerse… 

A Juan Cruz el mundo ‒infinito, inabarcable‒ le cabe en una mano; mano que cierra, apretando fuerte, muy fuerte, hasta ver trocitos de cabezas, de ropa, saliendo entre sus dedos. Si Dios no ha sido piadoso, piensa el escritor mientras sigue estrujando su mano, ¿por qué lo voy a ser yo? 

El autor nos dice, «la carretera lo es todo. El paisaje también», mientras sus personajes se sienten presos en lo finito, repeliendo lo cotidiano. En «Literadura» un hombre dentro de un laberinto nos pregunta: «¿Cómo se puede habitar un camino?», y él mismo se contesta afirmando: «Se trata de hacer de la búsqueda un hogar definitivo». En «Negros» unos escritores intentan «robarle tiempo al camino». 

Reencuentros, libros, teorías, juegos, sueños… La felicidad cogida con pinzas en el sabor erróneo de un café, y ese intentar escribir algo que atestigüe que la vida mereció la pena. «Toda creación», piensa el escritor, «lleva dentro el testimonio de lo marchito, de la muerte». 

La vida vista como un puzzle viejo; las esquinas de muchas de sus piezas dobladas, el dibujo descolorido, algunas rotas, y faltan tantas… Y el autor tan cansado de mirar debajo del sofá.
 

viernes, 5 de julio de 2013

Pequeño blues de madrugada

En alguna parte de la ciudad los fuegos artificiales iluminan el cielo. Retumbando como el júbilo de algo a celebrar. Que Mario desconoce.

Mientras escribe, metódico, escuchando un viejo blues:

"Yo no sé lo que puedo encontrar ahí afuera, tanto tiempo perdido, delante del papel. Escribiendo sin parar, cosas que olvido, que apenas nadie leerá."

Continua: "Buscando sombras de lo que sé ya no ha de volver. Se hace tan largo el camino ¿Donde estás? Ahora que te necesito"

Escribía Gerardo, en mitad de la madrugada rota, mientras fumaba, oteando algún punto perdido en la oscuridad de la calle, desde su ventana. Continuando su pequeña historia.

La casa en silencio, la calle vacía, envuelto de sudor y soledad, sintiendo frío en sus entrañas en mitad de aquel verano tan difícil de olvidar. Insomne. Huidizo. Cruel. Sin encontrar a nadie cuando más se necesita. Herido, abandonado.

Justo cuando todo aquello torcido parecía haber tomado otro rumbo. Nuevas esperanzas. No imaginadas.

Porque sabía que al otro lado de la ciudad ella lo esperaba. Por fin. Después de tanto tiempo.

Ahí, Héctor decidió detener su escritura. Cuando sonaba "Shaky Town" de Jackson Browne.

Fue entonces cuando tras prender un cigarrillo. Meditando la continuación de aquella historia, en el punto en el que Gerardo escribía sobre Mario.

Sin más, decidió salir a la calle. Para perderse en la madrugada. Errante.

Algo que solía hacer, con placer, en los días calurosos de verano. Para caminar, estirar las piernas, pensar mejor. Tomarse un descanso en su tiempo de escritura. Disfrutando de la leve brisa.

Andar a deshoras por el trazo efímero de la ciudad. Casi entera para él. Como si esta fuese apenas sólo un decorado de ilusión. En el cual, deambular olvidándose de todo.

Mañana continuaría su escritura.

Apagó la música.

Héctor salió de casa.

Los restos de alguna celebración se esparcían por algunas de las calles que transitaba de forma fugaz.


Antonio Palacios

viernes, 15 de febrero de 2013

Tempus fugit

Fotografía Flores del Parnaso


La esposa del viejo Atanasio había fallecido hacía treinta años, pero al reloj de pulsera que le regaló antes de que la metástasis minara sus días, aún no se le había agotado la pila.
Hasta este miércoles.

Sin embargo, Atanasio cayó en el misterio de que, cuando caminaba, las manecillas resucitaban de su rigor mortis y volvían a la suma del tiempo.
El viernes fue la primera vez que lo vieron pasear al perro. Andando hacia atrás.

Del mismo modo cruzaba las calles, tropezando con los peatones y los semáforos en ámbar, pero sin perder nunca el paso. Curiosamente mucho más rejuvenecido.
Así pues, el lunes por la tarde una chica preciosa, como sacada de los años cincuenta, esperaba a su novio bajo las palmeras de la plaza. Se preguntaba por qué la gente vestía de aquel modo tan extraño, por qué los edificios y los coches eran tan diferentes, por qué le habían dicho que sus amigas estaban en un geriátrico y que Elvis Presley había muerto.

No entendía nada. Ni siquiera el porqué de que su Atanasio llegara, cinco minutos más tarde, caminando hacia atrás.

Begoña M. Rueda
Podeis seguir a Begoña M. Rueda en su nuevo blog: aquí El arpa de Nerón. 

miércoles, 30 de enero de 2013

660

"El camino de la edad". Acuarela de Antonio Palacios.

Hacia 1338 un anciano campesino de una isla de Japón apura un cuenco de sopa. Cultiva el arroz y las plantas forrajeras de las bestias, sabe pescar con una lanza e imitar el canto de las aves, a veces va a cortar leña discutiendo en voz alta con los dioses. Nunca ha tocado una mujer. Las aterra. Los hombres dicen que está loco, que todas las noches le ven mirar fijamente el fondo del pozo, sonriendo, hasta que amanece. Eso dicen.

Pero al menos puede verla.

Hacia 1998, una modista jubilada de algún rincón de Andalucía, apura una taza de café. Le gusta la paella y el rejoneo, tiene una pecera encima del televisor, a veces le echa pan a las palomas de la plaza antes de ir a misa. No conoce varón. La tratan de loca, como a todas las mujeres que no quisieron casarse, al menos, por guardar la apariencia. Siempre que apura la taza de café, se queda mirando fijamente los posos. Hasta que el sol se apaga. Sonríe.

Al menos, él siempre está ahí. 


Begoña M. Rueda

¿Qué es Flores del Parnaso?

Flores del Parnaso intenta ser por encima de todo un espacio de reflexión. Una invitación a una reflexión sosegada en mitad de un mundo de velocidades hiperaceleradas. Literatura, filosofía, ciencias sociales etc.