Este relato fue originalmente escrito para el libro colectivo editado por la asociación Círculo Ánimas: "Versos que caminan, palabras que sueñan".
Tres
I
La tarde era gris, el
otoño se precipitaba lentamente hacia el invierno, su mente era un
torbellino caótico de sentimientos y sensaciones, por la ventana
contemplaba que las nubes bajas ocultaban las colinas y montañas
próximas a la ciudad, hacía frio y en su interior se abría paso
cierto vacío fruto de una cruel desesperanza o sólo de una soledad
descorazonadora quizás real o sólo sentida.
Nicolás sólo llevaba dos semanas en la ciudad desde el regreso de
sus viajes, pero como de costumbre nada había sido parecido a lo que
él había imaginado, echaba de menos el mar, su quietud, la
tranquilidad con la que había dejado por aquel tiempo fuera sus
problemas a un lado, ahora no le quedaba otra que afrontarlos.
La última semana había recorrido Jaén hasta terminar en su
polígono industrial repartiendo copias de su curriculum vitae, a su
paso no había encontrado nada más que negocios cerrados y locales
con el cartel de se traspasa, en venta o en alquiler, la ciudad
parecía haberse venido abajo se decía, nunca encontraré nada todo
esfuerzo es inútil, en todos los lugares dejaban su curriculum con
una sonrisa forzada, junto a montones de otros currículum de
personas en su misma situación.
Aquella tarde en casa solo meditando qué podía o le cabía hacer
mientras tomaba café prendiendo un cigarrillo tras otro, presa de
una apatía sin remedio pensó que qué podría encontrar en una
ciudad en la que sus polígonos industriales eran un eufemismo, ya
que sólo eran naves comerciales de almacenamiento o distribución en
su gran mayoría, ahora que el pequeño comercio o mediano se iba al
traste y que tanta gente acudía como modo de supervivencia a la
recolección de la aceituna, tal vez podría encontrar algo en alguna
oficina por tener título universitario, aunque fuera por
seiscientos euros con un horario de más de la jornada completa o
volver a trabajar en la hostelería si se diera la oportunidad, seis
días a la semana por diez o más horas de trabajo diario, no sé se
decía, ni siquiera eso.
La semana anterior no había sido mejor sino incluso peor, la carta
de Alicia lo había destrozado, nunca pensó que en su regreso una
carta suya estaría esperándolo. Durante sus viajes pensó tener
superada su partida pero con aquella carta se percató que sólo el
tiempo podría cicatrizar sus heridas despues de tanto tiempo juntos.
Durante aquella semana apenas deambuló por Jaén sin poder evitar
recordar algunos de sus mejores momentos pasados junto a ella, por
cada rincón de la ciudad con el que tropezaba emergía su imagen o
al menos la que él aún conservaba de ella, mientras pensaba que
nunca debía haber regresado debiéndo haberse quedado con Elena y su
mar y haber comenzado lejos una nueva vida, tampoco se perdonaba
haber dejado atrás de aquella manera a Elena.
A Nicolás nunca antes le había resultado tan familiar y extraña a
la vez su ciudad como tras su regreso.
II
Esteban era sociólogo
aunque muy a su pesar trabajara en un supermercado del Polígono del
Valle, barrio en el cual había crecido y que sólo abandonó cuando
pudo independizarse.
Cuando estudiaba Bachillerato en el instituto del barrio conoció a
gran parte de sus amigos y amigas, algunos del propio barrio, a los
cuales nunca antes había visto a pesar de vivir unos cerca de otros,
como a Nicolás, también tuvo ocasión de conocer a personas de
distinto origen social al suyo y de otras zonas de la ciudad que iban
al mismo centro público, lo cual resultó ser vital en su formación
no sólo académica sino también personal, por el simple hecho de
relacionarse con otros individuos de su misma edad provenientes en
múltiples ocasiones de otros ambientes socioeconómicos que
ampliaban así su conocimiento del mundo.
Siempre estuvo muy agradecido al profesorado del centro, en el cual
los alumnos recibian pese a ciertas aglomeraciones en las aulas, un
trato humano y cercano, que no sólo les brindaba una formación
académica sino también humana debido al enorme esfuerzo docente
frente a las carencias materiales. Esteban recordaba con especial
cariño siempre aquella etapa tan gratificante de su vida.
Antes de conseguir el trabajo en el supermercado había realizado
duras labores en empleos de condiciones miserables cobrando a veces
seiscientos euros por doscientas o más horas de trabajo al mes
mientras intentaba sacar adelante sus estudios. Su vida se había
desarrollado al igual que la de Nicolás en un entorno difícil en el
que salir adelante resultaba complicado.
En aquellos difíciles momentos de Nicolás, como siempre Esteban
estuvo ahí para él, en ocasiones tras el regreso de Nicolás de sus
viajes ambos cenaban y tomaban algo en casa de Esteban mientras
charlaban saltando de un tema a otro, recordando en ocasiones viejas
anécdotas de juventud, como cuando recorrían la ciudad por sus
distintos locales de noche o madrugada, desde el Gran Eje hasta el
barrio de San Ildefonso o en ocasiones en lugares abandonados o casi
desiertos próximos a la extensión del bulevar, tomando cerveza o
licores y fumando algo, por entonces en su juventud habían sido
impetuosos y voraces, la vida les había parecido un sprint y no una
carrera de larga distancia, sedientos o hambrientos de vida o siempre
de nuevas sensaciones.
Aquella noche con el poso de tranquilidad que los años dan,
dialogaban de las posibilidades de encontrar trabajo de Nicolás,
pasando de un tema a otro con rápida facilidad, primero dialogando
sobre el estado de la ciudad y de ahí a su visión personal de la
ciudad.
Nicolás nunca había reflexionado mucho acerca de su ciudad, sus
ideas siempre tendían a ampliar su mirada de lo local a lo global,
aunque lógicamente Jaén le suscitara pensamientos o sensaciones,
pero nunca había sentido la necesidad de sumergirse en la cultura
local, se le hacía muy complicado pensar en esos términos, para él
no dejaba de estar cargado de cierta infamia pensar lo jiennense
desde el localismo. Su ciudad siempre fueron las calles y las
personas de su propia vida, el almacén de sus recuerdos y
experiencias, su propia vida y entonces como no quererla le decía a
Esteban, que lo comprendía y asentía.
-Algo que no comparto -continuaba Nicolás mientras Esteban traía
otro par de cervezas y sacaba un par de cigarrillos-, es esa crítica
burda y falaz que se suele realizar a Jaén como ciudad por parte de
propios jiennenses, esa tan escuchada que dice que en Jaén no hay
nada, que es un desierto, que nunca hay nada que hacer ni ver en
ella, me parece una estupidez por tres razones, la primera porque si
no hubiera nada, en parte sería consecuencia de quienes lo dicen,
porque no hacen nada al respecto, la segunda porque es falsa, ya que
existen multitud de organizaciones y grupos de personas que intentan
hacer multitud de cosas y por último la más obvia ¿Qué esperan de
Jaén? Es algo que nunca por más que lo escucho me sorprende menos,
si casi es un pueblo grande, caminando puedes recorrerlo a pie ¿Qué
quieren ver? ¿Un espectáculo personalizado? Me parece absurdo y
ridículo.
-El problema es político Nicolás -contestaba Esteban- es público,
si te das cuenta lo que sucede es que aquí no existen perspectivas
de nada, las cosas que se realizan sólo son parches que sirven para
que los políticos de turno se hagan unas cuantas fotos, pareciendo
que hacen algo al respecto. Ese es el problema, no sacamos ni
invertimos en el potencial de las pocas cosas que tenemos ni tampoco
creamos otras. Todos sabemos el poco provecho que se le saca a
nuestra agricultura, que podría tener una enorme potencialidad en
distintos aspectos y en relación al patrimonio, fotos, sólo fotos,
aparte de que me parece que es imposible apostar sólo por él, la
ciudad nunca podría vivir sólo del turismo, se necesitan otras
cosas, pues existen multitud de otros lugares semejantes o más
atractivos tanto a nivel nacional como internacional. Los
ayuntamientos más allá de los recursos existentes, deberían de ser
lugares de constante comunicación e interacción con los actores
sociales ciudadanos, realizando labores de sinergias sociales,
desarrollando junto a ellos proyectos que dotasen a la ciudad de
herramientas que permitiesen mejorar la calidad de vida y el
bienestar de sus ciudadanos de una forma participativa, para eso son
las instituciones públicas más cercanas. Si lo dejamos todo en
manos privadas está más que demostrado que andaremos siempre la
misma senda. -Qué fáciles nos parecen algunas cosas -dijo Nicolás-
y que difíciles se nos hacen nuestras propias vidas.
III
Ariadna aquella noche fue
la encargada de cerrar la cafetería, la noche a pesar del final del
otoño era apacible, deshechó la opción de marcharse en autobús a
casa para poder caminar paseando un rato bajo aquel cielo sin nubes
que dejaba contemplar el brillo de algunas estrellas apuntando en
todas las direcciones, pensó que el camino le haría bien.
Así se sentía ella como aquella estrella perseverante que iluminaba
el cielo con su esplendor en mitad de la ciudad sin nunca dejar que
nada la detuviese, dirigiéndose a casa con la mente puesta en tantas
cosas o ninguna.
Por entonces vivía un tiempo bueno, sentía como la madurez se abría
paso poco a poco en su interior, abandonando la voracidad y las dudas
de la juventud. Aquello la hacía sentir bien, mudar la piel, dejar
de ser quién fue junto a la posibilidad de ser otra cosa.
Ya no le quedaba mucho tiempo para terminar su licenciatura en
filología hispánica, el trabajo en la cafetería ya no se le hacía
interminable ni tan agotador debido a la fuerza de la costumbre.
Mientras atravesaba la Avenida de Madrid se deleitaba en las hojas
caídas de los árboles sintiendo su crujir a cada paso, observando
el juego de las luces entre las ramas desnudas o al chocar
desparramadas por el suelo formando sombras casi sin forma.
El ambiente le parecía especial, casi caminaba sola por las calles
que se encontraban desiertas, tal vez ese era el placer,
sencillamente caminar sumida en sus pensamientos con aquella
sensación de paz en su interior, aunque echó de menos a Héctor,
desde hacía un tiempo pensaba que se había equivocado de forma
rotunda con él, también cuando eligió a uno de sus compañeros de
estudios como compañero sentimental en lugar de a Héctor, de su
compañero no echaba nada de menos desde que rompieron, pero de
Héctor lo echaba casi todo en falta, al fin y al cabo era él el que
solía esperarla a la salida del trabajo, quién estaba siempre al
otro lado del teléfono o cuando las cosas se torcían. Ahora ya no
cabían rectificaciones, lamentos o disculpas pensaba, lo había
tratado fatal, él en cambio siempre le daba lo mejor de si mismo, en
lo duro y lo bueno.
Ariadna por aquel tiempo lo echaría mucho en falta ya que sin saber
muy bien por qué había crecido en ella un sentimiento o necesidad
de dar y recibir cariño o amor, que nunca antes había sentido, de
alguna manera tenía la necesidad de compartir su vida con alguien,
la edad se decía, que hace que la soledad arrecie. Y aquel
sentimiento era hermoso, frágil, pero también a veces en soledad la
hería desde su carencia.
Pero no tenía ganas de pensar demasiado en ello ni tampoco de
sentirse culpable, eso ya ni tan siquiera importaba, sólo le
apetecía caminar, llegar a casa, cenar algo, disfrutar en aquellos
momentos de su estado de dicha con las pequeñas cosas de la
cotidianidad.
IV
El invierno llegó,
algunos días de lluvia prosiguieron unos a otros, cada uno de ellos
respiraba el peso de su parte de soledad, que la vida no bromea es
algo que tal vez cuesta aprender, aunque cada cual lo aprenda poco a
poco con la experiencia.
Alicia a más de trescientos kilómetros de su ciudad, Jaén, jamás
antes se había sentido tan sola, sólo la empujaba hacia adelante su
instinto de supervivencia y que le deparaba una nueva vida por hacer,
por descubrir y que sin mucha demora debía comenzar a construirla
desde ya, con nostalgia pero llena de ilusión, lo cual hacía
llevaderos sus días.
Nicolás pasaba los días sin encontrar empleo, lleno de heridas
invisibles pero profundas, algunas de ellas, las que le había dejado
la marcha de Alicia, otras las que él mismo se había causado tras
abandonar como lo hizo a Elena. Por aquel entonces pensaba que jamás
volvería a sentir amor como lo había hecho por ellas dos y a veces
en lo recóndito de su casa, a solas, no podía evitar el llanto
involuntario cargado de impotencia ni su imagen derrotada, aquello lo
hacía sentir perdido. El abandono de Alicia para Nicolás era un
naufragio, el de Nicolás a Elena, en parte era una canallada y una
tragedia para ella que jamás entendería nada, siempre sería presa
de los mismos interrogantes. A veces, al salir del trabajo, Elena
pasearía por el paseo marítimo de su pequeño pueblo, donde en
tantas ocasiones había quedado al encuentro de Nicolás sintiendo el
mismo terrible vacío, la misma angustia de no saber nada de él,
ella que sólo quería pasar con él el resto de la vida y ya no lo
volvería a ver. A veces se preguntaba ¿Y ahora qué? ¿Debo hacer
una hoguera con todos nuestros recuerdos?
Esteban continuaba con su trabajo sin nunca dejar de lado su
excepcional capacidad crítica ni creativa con respecto a lo social,
le encantaba dialogar sobre las posibilidades de un mundo mejor,
aunque apenas encontrara a nadie con aquellas inquietudes salvo a
Nicolás, que por entonces no andaba para casi nada, por más que a
veces de tanto soñar Esteban sólo se diera de bruces una y otra vez
con la realidad, al saber que tales posibilidades o sueños o son
colectivos transformándose en acciones o sólo perecen y te pudren
por dentro. Por otra parte su vida personal la consideraba todo un
fracaso.
Ariadna se encontraba en un momento de su vida dulce, deseaba
compartir su vida con alguien, echaba mucho de menos a su amiga
Alicia, pero ahora tenía más cerca a Nicolás, su gran amor secreto
desde juventud y sólo eso ya la hacía sentir radiante, por más que
no quisiera herir a Esteban que hacía tanto tiempo la rondaba. Pero
la simple posibilidad de estar a solas con Nicolás le sacaba una
sonrisa interior. A pesar de lo delicado de la situación sentía que
la vida no sólo es un camino de espinas, que tal vez fuera entonces
su momento, que el tiempo vuela y hay que aprovecharlo.
Antonio Palacios