| Fotografía Flores del Parnaso |
La esposa del viejo
Atanasio había fallecido hacía treinta años, pero al reloj de pulsera que le
regaló antes de que la metástasis minara sus días, aún no se le había agotado
la pila.
Hasta este miércoles.
Sin embargo, Atanasio
cayó en el misterio de que, cuando caminaba, las manecillas resucitaban de su
rigor mortis y volvían a la suma del tiempo.
El viernes fue la
primera vez que lo vieron pasear al perro. Andando hacia atrás.
Del mismo modo cruzaba
las calles, tropezando con los peatones y los semáforos en ámbar, pero sin
perder nunca el paso. Curiosamente mucho más rejuvenecido.
Así pues, el lunes por
la tarde una chica preciosa, como sacada de los años cincuenta, esperaba a su
novio bajo las palmeras de la plaza. Se preguntaba por qué la gente vestía de
aquel modo tan extraño, por qué los edificios y los coches eran tan diferentes,
por qué le habían dicho que sus amigas estaban en un geriátrico y que Elvis Presley había muerto.
No entendía nada. Ni
siquiera el porqué de que su Atanasio llegara, cinco minutos más tarde,
caminando hacia atrás.

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