lunes, 7 de marzo de 2016

Tres. Un relato de Antonio Palacios

Este relato fue originalmente escrito para el libro colectivo editado por la asociación Círculo Ánimas: "Versos que caminan, palabras que sueñan".

Tres

I

La tarde era gris, el otoño se precipitaba lentamente hacia el invierno, su mente era un torbellino caótico de sentimientos y sensaciones, por la ventana contemplaba que las nubes bajas ocultaban las colinas y montañas próximas a la ciudad, hacía frio y en su interior se abría paso cierto vacío fruto de una cruel desesperanza o sólo de una soledad descorazonadora quizás real o sólo sentida.
Nicolás sólo llevaba dos semanas en la ciudad desde el regreso de sus viajes, pero como de costumbre nada había sido parecido a lo que él había imaginado, echaba de menos el mar, su quietud, la tranquilidad con la que había dejado por aquel tiempo fuera sus problemas a un lado, ahora no le quedaba otra que afrontarlos.
La última semana había recorrido Jaén hasta terminar en su polígono industrial repartiendo copias de su curriculum vitae, a su paso no había encontrado nada más que negocios cerrados y locales con el cartel de se traspasa, en venta o en alquiler, la ciudad parecía haberse venido abajo se decía, nunca encontraré nada todo esfuerzo es inútil, en todos los lugares dejaban su curriculum con una sonrisa forzada, junto a montones de otros currículum de personas en su misma situación.
Aquella tarde en casa solo meditando qué podía o le cabía hacer mientras tomaba café prendiendo un cigarrillo tras otro, presa de una apatía sin remedio pensó que qué podría encontrar en una ciudad en la que sus polígonos industriales eran un eufemismo, ya que sólo eran naves comerciales de almacenamiento o distribución en su gran mayoría, ahora que el pequeño comercio o mediano se iba al traste y que tanta gente acudía como modo de supervivencia a la recolección de la aceituna, tal vez podría encontrar algo en alguna oficina por tener título universitario, aunque fuera por seiscientos euros con un horario de más de la jornada completa o volver a trabajar en la hostelería si se diera la oportunidad, seis días a la semana por diez o más horas de trabajo diario, no sé se decía, ni siquiera eso.
La semana anterior no había sido mejor sino incluso peor, la carta de Alicia lo había destrozado, nunca pensó que en su regreso una carta suya estaría esperándolo. Durante sus viajes pensó tener superada su partida pero con aquella carta se percató que sólo el tiempo podría cicatrizar sus heridas despues de tanto tiempo juntos.
Durante aquella semana apenas deambuló por Jaén sin poder evitar recordar algunos de sus mejores momentos pasados junto a ella, por cada rincón de la ciudad con el que tropezaba emergía su imagen o al menos la que él aún conservaba de ella, mientras pensaba que nunca debía haber regresado debiéndo haberse quedado con Elena y su mar y haber comenzado lejos una nueva vida, tampoco se perdonaba haber dejado atrás de aquella manera a Elena.
A Nicolás nunca antes le había resultado tan familiar y extraña a la vez su ciudad como tras su regreso.

II

Esteban era sociólogo aunque muy a su pesar trabajara en un supermercado del Polígono del Valle, barrio en el cual había crecido y que sólo abandonó cuando pudo independizarse.
Cuando estudiaba Bachillerato en el instituto del barrio conoció a gran parte de sus amigos y amigas, algunos del propio barrio, a los cuales nunca antes había visto a pesar de vivir unos cerca de otros, como a Nicolás, también tuvo ocasión de conocer a personas de distinto origen social al suyo y de otras zonas de la ciudad que iban al mismo centro público, lo cual resultó ser vital en su formación no sólo académica sino también personal, por el simple hecho de relacionarse con otros individuos de su misma edad provenientes en múltiples ocasiones de otros ambientes socioeconómicos que ampliaban así su conocimiento del mundo.
Siempre estuvo muy agradecido al profesorado del centro, en el cual los alumnos recibian pese a ciertas aglomeraciones en las aulas, un trato humano y cercano, que no sólo les brindaba una formación académica sino también humana debido al enorme esfuerzo docente frente a las carencias materiales. Esteban recordaba con especial cariño siempre aquella etapa tan gratificante de su vida.
Antes de conseguir el trabajo en el supermercado había realizado duras labores en empleos de condiciones miserables cobrando a veces seiscientos euros por doscientas o más horas de trabajo al mes mientras intentaba sacar adelante sus estudios. Su vida se había desarrollado al igual que la de Nicolás en un entorno difícil en el que salir adelante resultaba complicado.
En aquellos difíciles momentos de Nicolás, como siempre Esteban estuvo ahí para él, en ocasiones tras el regreso de Nicolás de sus viajes ambos cenaban y tomaban algo en casa de Esteban mientras charlaban saltando de un tema a otro, recordando en ocasiones viejas anécdotas de juventud, como cuando recorrían la ciudad por sus distintos locales de noche o madrugada, desde el Gran Eje hasta el barrio de San Ildefonso o en ocasiones en lugares abandonados o casi desiertos próximos a la extensión del bulevar, tomando cerveza o licores y fumando algo, por entonces en su juventud habían sido impetuosos y voraces, la vida les había parecido un sprint y no una carrera de larga distancia, sedientos o hambrientos de vida o siempre de nuevas sensaciones.
Aquella noche con el poso de tranquilidad que los años dan, dialogaban de las posibilidades de encontrar trabajo de Nicolás, pasando de un tema a otro con rápida facilidad, primero dialogando sobre el estado de la ciudad y de ahí a su visión personal de la ciudad.
Nicolás nunca había reflexionado mucho acerca de su ciudad, sus ideas siempre tendían a ampliar su mirada de lo local a lo global, aunque lógicamente Jaén le suscitara pensamientos o sensaciones, pero nunca había sentido la necesidad de sumergirse en la cultura local, se le hacía muy complicado pensar en esos términos, para él no dejaba de estar cargado de cierta infamia pensar lo jiennense desde el localismo. Su ciudad siempre fueron las calles y las personas de su propia vida, el almacén de sus recuerdos y experiencias, su propia vida y entonces como no quererla le decía a Esteban, que lo comprendía y asentía.
-Algo que no comparto -continuaba Nicolás mientras Esteban traía otro par de cervezas y sacaba un par de cigarrillos-, es esa crítica burda y falaz que se suele realizar a Jaén como ciudad por parte de propios jiennenses, esa tan escuchada que dice que en Jaén no hay nada, que es un desierto, que nunca hay nada que hacer ni ver en ella, me parece una estupidez por tres razones, la primera porque si no hubiera nada, en parte sería consecuencia de quienes lo dicen, porque no hacen nada al respecto, la segunda porque es falsa, ya que existen multitud de organizaciones y grupos de personas que intentan hacer multitud de cosas y por último la más obvia ¿Qué esperan de Jaén? Es algo que nunca por más que lo escucho me sorprende menos, si casi es un pueblo grande, caminando puedes recorrerlo a pie ¿Qué quieren ver? ¿Un espectáculo personalizado? Me parece absurdo y ridículo.
-El problema es político Nicolás -contestaba Esteban- es público, si te das cuenta lo que sucede es que aquí no existen perspectivas de nada, las cosas que se realizan sólo son parches que sirven para que los políticos de turno se hagan unas cuantas fotos, pareciendo que hacen algo al respecto. Ese es el problema, no sacamos ni invertimos en el potencial de las pocas cosas que tenemos ni tampoco creamos otras. Todos sabemos el poco provecho que se le saca a nuestra agricultura, que podría tener una enorme potencialidad en distintos aspectos y en relación al patrimonio, fotos, sólo fotos, aparte de que me parece que es imposible apostar sólo por él, la ciudad nunca podría vivir sólo del turismo, se necesitan otras cosas, pues existen multitud de otros lugares semejantes o más atractivos tanto a nivel nacional como internacional. Los ayuntamientos más allá de los recursos existentes, deberían de ser lugares de constante comunicación e interacción con los actores sociales ciudadanos, realizando labores de sinergias sociales, desarrollando junto a ellos proyectos que dotasen a la ciudad de herramientas que permitiesen mejorar la calidad de vida y el bienestar de sus ciudadanos de una forma participativa, para eso son las instituciones públicas más cercanas. Si lo dejamos todo en manos privadas está más que demostrado que andaremos siempre la misma senda. -Qué fáciles nos parecen algunas cosas -dijo Nicolás- y que difíciles se nos hacen nuestras propias vidas.

III

Ariadna aquella noche fue la encargada de cerrar la cafetería, la noche a pesar del final del otoño era apacible, deshechó la opción de marcharse en autobús a casa para poder caminar paseando un rato bajo aquel cielo sin nubes que dejaba contemplar el brillo de algunas estrellas apuntando en todas las direcciones, pensó que el camino le haría bien.
Así se sentía ella como aquella estrella perseverante que iluminaba el cielo con su esplendor en mitad de la ciudad sin nunca dejar que nada la detuviese, dirigiéndose a casa con la mente puesta en tantas cosas o ninguna.
Por entonces vivía un tiempo bueno, sentía como la madurez se abría paso poco a poco en su interior, abandonando la voracidad y las dudas de la juventud. Aquello la hacía sentir bien, mudar la piel, dejar de ser quién fue junto a la posibilidad de ser otra cosa.
Ya no le quedaba mucho tiempo para terminar su licenciatura en filología hispánica, el trabajo en la cafetería ya no se le hacía interminable ni tan agotador debido a la fuerza de la costumbre. Mientras atravesaba la Avenida de Madrid se deleitaba en las hojas caídas de los árboles sintiendo su crujir a cada paso, observando el juego de las luces entre las ramas desnudas o al chocar desparramadas por el suelo formando sombras casi sin forma.
El ambiente le parecía especial, casi caminaba sola por las calles que se encontraban desiertas, tal vez ese era el placer, sencillamente caminar sumida en sus pensamientos con aquella sensación de paz en su interior, aunque echó de menos a Héctor, desde hacía un tiempo pensaba que se había equivocado de forma rotunda con él, también cuando eligió a uno de sus compañeros de estudios como compañero sentimental en lugar de a Héctor, de su compañero no echaba nada de menos desde que rompieron, pero de Héctor lo echaba casi todo en falta, al fin y al cabo era él el que solía esperarla a la salida del trabajo, quién estaba siempre al otro lado del teléfono o cuando las cosas se torcían. Ahora ya no cabían rectificaciones, lamentos o disculpas pensaba, lo había tratado fatal, él en cambio siempre le daba lo mejor de si mismo, en lo duro y lo bueno.
Ariadna por aquel tiempo lo echaría mucho en falta ya que sin saber muy bien por qué había crecido en ella un sentimiento o necesidad de dar y recibir cariño o amor, que nunca antes había sentido, de alguna manera tenía la necesidad de compartir su vida con alguien, la edad se decía, que hace que la soledad arrecie. Y aquel sentimiento era hermoso, frágil, pero también a veces en soledad la hería desde su carencia.
Pero no tenía ganas de pensar demasiado en ello ni tampoco de sentirse culpable, eso ya ni tan siquiera importaba, sólo le apetecía caminar, llegar a casa, cenar algo, disfrutar en aquellos momentos de su estado de dicha con las pequeñas cosas de la cotidianidad.

IV

El invierno llegó, algunos días de lluvia prosiguieron unos a otros, cada uno de ellos respiraba el peso de su parte de soledad, que la vida no bromea es algo que tal vez cuesta aprender, aunque cada cual lo aprenda poco a poco con la experiencia.
Alicia a más de trescientos kilómetros de su ciudad, Jaén, jamás antes se había sentido tan sola, sólo la empujaba hacia adelante su instinto de supervivencia y que le deparaba una nueva vida por hacer, por descubrir y que sin mucha demora debía comenzar a construirla desde ya, con nostalgia pero llena de ilusión, lo cual hacía llevaderos sus días.
Nicolás pasaba los días sin encontrar empleo, lleno de heridas invisibles pero profundas, algunas de ellas, las que le había dejado la marcha de Alicia, otras las que él mismo se había causado tras abandonar como lo hizo a Elena. Por aquel entonces pensaba que jamás volvería a sentir amor como lo había hecho por ellas dos y a veces en lo recóndito de su casa, a solas, no podía evitar el llanto involuntario cargado de impotencia ni su imagen derrotada, aquello lo hacía sentir perdido. El abandono de Alicia para Nicolás era un naufragio, el de Nicolás a Elena, en parte era una canallada y una tragedia para ella que jamás entendería nada, siempre sería presa de los mismos interrogantes. A veces, al salir del trabajo, Elena pasearía por el paseo marítimo de su pequeño pueblo, donde en tantas ocasiones había quedado al encuentro de Nicolás sintiendo el mismo terrible vacío, la misma angustia de no saber nada de él, ella que sólo quería pasar con él el resto de la vida y ya no lo volvería a ver. A veces se preguntaba ¿Y ahora qué? ¿Debo hacer una hoguera con todos nuestros recuerdos?
Esteban continuaba con su trabajo sin nunca dejar de lado su excepcional capacidad crítica ni creativa con respecto a lo social, le encantaba dialogar sobre las posibilidades de un mundo mejor, aunque apenas encontrara a nadie con aquellas inquietudes salvo a Nicolás, que por entonces no andaba para casi nada, por más que a veces de tanto soñar Esteban sólo se diera de bruces una y otra vez con la realidad, al saber que tales posibilidades o sueños o son colectivos transformándose en acciones o sólo perecen y te pudren por dentro. Por otra parte su vida personal la consideraba todo un fracaso.
Ariadna se encontraba en un momento de su vida dulce, deseaba compartir su vida con alguien, echaba mucho de menos a su amiga Alicia, pero ahora tenía más cerca a Nicolás, su gran amor secreto desde juventud y sólo eso ya la hacía sentir radiante, por más que no quisiera herir a Esteban que hacía tanto tiempo la rondaba. Pero la simple posibilidad de estar a solas con Nicolás le sacaba una sonrisa interior. A pesar de lo delicado de la situación sentía que la vida no sólo es un camino de espinas, que tal vez fuera entonces su momento, que el tiempo vuela y hay que aprovecharlo.


Antonio Palacios

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