miércoles, 20 de febrero de 2013

Crisis, neoliberalismo y estado


Puede resultar plausible, que esta crisis, no la pueda explicar de forma total, ninguna crisis anterior. Pero tal vez, las crisis anteriores, nos ofrezcan algunos elementos, en forma de herramientas, para comprender la actual.

Y poder reconocer así las directrices seguidas por las políticas ideológicas del neoliberalismo hegemónico.

Casi se podría decir en las relaciones entre el neoliberalismo y el estado. Que para el neoliberalismo, el mejor gobierno es el desgobierno.

Es decir, aquel gobierno que cede asuntos primordiales relativos al bien público, “res publica” y la convivencia del “demos”, al “laissez-faire” de los intereses de los grandes capitales económicos y financieros.

Entonces todo es susceptible de convertirse en mercancía. Inclusive la salud, el derecho al acceso a la vivienda, el agua, la luz, la educación, los servicios sociales, los salarios, los horarios laborales, etc.

Esto se puede ver de manera clara, en las respuestas de tales políticas neoliberales, a las crisis. Ya que suelen tener elementos comunes en su discurso y acción. Ya que términos como el sutil “externalización”, ajuste estructural o control de déficit público, no son nuevos, sino bien antiguos.

Algunos de estos elementos comunes pueden ser:

La defensa de ajustes en las estructuras del estado, que minimizan su papel, como agente central redistribuidor de la igualdad, riqueza y equidad.

 Favoreciendo el fortalecimiento de los agentes o grandes sectores económico-financieros.

 Y debilitando la cohesión social. Mediante la pérdida de derechos de la ciudadanía. A favor de una transacción económica, de derechos sociales y culturales hacía sectores económicos, que resultan favorecidos. Minando el poder social de la clase trabajadora.

¿Cómo? Pues mediante la bajada impositiva directa a las grandes rentas, corporaciones, sociedades e instituciones financieras. Y la subida impositiva indirecta al resto de la población. El recorte de servicios públicos esenciales, cedidos al sector privado. Bajo criterios siempre erróneos de “eficiencia”, “eficacia” y supuesta mejor gestión. El reforzamiento del gran sector empresarial mediante la siempre flexibilización y desregulación de las condiciones laborales, auspiciadas en una mayor precarización laboral. Otorgando siempre las condiciones necesarias para la inversión de las ganancias financieras en sectores fuertemente especulativos.

Todo ello con al menos otra condición, un rígido control de la inflación.

¿A dónde nos lleva esto?

Pues entre otros muchos posibles estados de cosas. A la conversión de ciudadanos en consumidores. Con la consiguiente pérdida de control y participación político-institucional de la ciudadanía. Así como de servicios públicos con sus terribles consecuencias. Una mayor y más profunda brecha socioeconómica entre la población. Pauperización de las condiciones laborales. Y dejación o sometimiento de más poder recaído sobre las grandes entidades económico-financieras.

En definitiva, en la llamada sociedad de consumo, se produce una traslación o transacción que consiste en que el estado favorece mediante los diversos mecanismos legales, la oferta y no la demanda. Socializando pérdidas y privatizando beneficios. Transfiriendo capital público al privado. Mediante el poder que delega en él el  “demos”.

Quizás de esto se puedan desprender aspectos de por qué la crisis es sistémica, estructural o integral.

   
Flores del Parnaso
 

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