Puede resultar plausible, que esta crisis, no la pueda
explicar de forma total, ninguna crisis anterior. Pero tal vez, las crisis
anteriores, nos ofrezcan algunos elementos, en forma de herramientas, para
comprender la actual.
Y poder reconocer así las directrices seguidas por las
políticas ideológicas del neoliberalismo hegemónico.
Casi se podría decir en las relaciones entre el
neoliberalismo y el estado. Que para el neoliberalismo, el mejor gobierno es el
desgobierno.
Es decir, aquel gobierno que cede asuntos primordiales
relativos al bien público, “res publica” y la convivencia del “demos”, al
“laissez-faire” de los intereses de los grandes capitales económicos y
financieros.
Entonces todo es susceptible de convertirse en mercancía.
Inclusive la salud, el derecho al acceso a la vivienda, el agua, la luz, la
educación, los servicios sociales, los salarios, los horarios laborales, etc.
Esto se puede ver de manera clara, en las respuestas de
tales políticas neoliberales, a las crisis. Ya que suelen tener elementos
comunes en su discurso y acción. Ya que términos como el sutil
“externalización”, ajuste estructural o control de déficit público, no son
nuevos, sino bien antiguos.
Algunos de estos elementos comunes pueden ser:
La defensa de ajustes en las estructuras del estado, que
minimizan su papel, como agente central redistribuidor de la igualdad, riqueza
y equidad.
¿Cómo? Pues mediante la bajada impositiva directa a las
grandes rentas, corporaciones, sociedades e instituciones financieras. Y la
subida impositiva indirecta al resto de la población. El recorte de servicios
públicos esenciales, cedidos al sector privado. Bajo criterios siempre erróneos
de “eficiencia”, “eficacia” y supuesta mejor gestión. El reforzamiento del gran
sector empresarial mediante la siempre flexibilización y desregulación de las
condiciones laborales, auspiciadas en una mayor precarización laboral. Otorgando
siempre las condiciones necesarias para la inversión de las ganancias
financieras en sectores fuertemente especulativos.
Todo ello con al menos otra condición, un rígido control de
la inflación.
¿A dónde nos lleva esto?
Pues entre otros muchos posibles estados de cosas. A la
conversión de ciudadanos en consumidores. Con la consiguiente pérdida de
control y participación político-institucional de la ciudadanía. Así como de
servicios públicos con sus terribles consecuencias. Una mayor y más profunda
brecha socioeconómica entre la población. Pauperización de las condiciones
laborales. Y dejación o sometimiento de más poder recaído sobre las grandes
entidades económico-financieras.
En definitiva, en la llamada sociedad de consumo, se produce
una traslación o transacción que consiste en que el estado favorece mediante
los diversos mecanismos legales, la oferta y no la demanda. Socializando
pérdidas y privatizando beneficios. Transfiriendo capital público al privado.
Mediante el poder que delega en él el
“demos”.
Quizás de esto se puedan desprender aspectos de por qué la
crisis es sistémica, estructural o integral.

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