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| Fotografía Flores del Parnaso |
El tiempo
no es ningún enemigo.
Ninguna herida abierta.
Ni la vasta inmensidad de los márgenes.
Por donde casi imperceptibles,
fluyen impasibles,
los instantes por los que transito.
Quizás sea algo así
como sidéreas nebulosas de células
muertas.
Por la errante claridad de un haz de
luz.
Titilante. Entre una tupida oscuridad
informe.
Una calma que nada debe a la esperanza.
Un viraje, un salto, como un periplo.
Hacia el estremecedor valle,
inescrutable, de los sentidos.
Un incesante cambio en el rostro.
Vuelto implacable.
Hacia el perieco envés,
donde oblicuos,
no deslumbran como proféticas
ensoñaciones.
Los majestuosos rayos de Apolo.
Antonio Palacios


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